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Mis personajes son muy oscuros pero yo no soy así, dice Irvine Welsh

OAXACA, OAX., noviembre 26.‒Irvine Welsh tomó plena conciencia de que algún día va a morir, se puso retro y escribió “Skagboys”, una precuela de la novela vuelta película que lo proyectó mundialmente, “Trainspotting”, la cual se suma a la secuela que prosiguió con “Porno”, o lo que es lo mismo, la saga de la existencia social e individual sórdida, desesperanzada y autodestructiva de los años ochenta.

Igual que ahora, para no variar.

“Skagboys” (2013), “Trainspotting” (1996) y “Porno” (2005) ‒novelas publicadas en México bajo el sello Anagrama‒ o la ochentera historia amalgamada, feliz e infeliz a la vez, de los jóvenes de la clase trabajadora de Gran Bretaña, la trilogía de la “alegría de vivir” sumergidos en el retrete del peor baño de Escocia y las drogas duras.

Para no variar, igual que ahora.

La precuela “Skagboys”, en particular, narra “una historia muy extensa, fantástica, donde hay sexo, drogas y demás”, pero también las “cosas horribles de aquella época, cuando gobernaban en Estados Unidos y Reino Unido, de forma respectiva, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, cuando se vivía esa situación de sentirse acabados individualmente y, colectivamente, de guerras e intervenciones” de un país a otro.

Donde se pare, sea la 34 Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO) 2014 o el Museo del Chopo de la Ciudad de México, Irvine Welsh (Edimburgo, Escocia, 1958) es un autor de culto, sin que importe incluso el que, en un mundo de mercadeo, ya no se sepa si el underground es tal o ya sólo una marca registrada.

El escritor está prendido. A rape, vestido de negro, mezcales de por medio o no, en el Foro FILO o en conferencia de prensa, derrocha energía: y “pregunten porque si no me pongo a cantar”, tal como lo hace en su presentación con J.M. Servín, el de los Cuadernos de Periodismo Gonzo, quien acelera el momento cuando comenta: “qué hacemos, yo ya no entiendo nada”.

Pregunten, “no muerde”, anima a los reporteros una colega en la sesión de prensa respectiva. Viene entonces una serie de interrogantes dispersas que se diluyen aún más por una incierta traducción simultánea.

“Me di cuenta que algún día iba a morir y pensé que no podía hacerlo sin escribir el retrato de cómo era la vida de Gran Bretaña en los años ochenta”, a través de una generación “devastada por la heroína”.

Aunque “no me gusta tomarme mucho tiempo para conformar mis libros, precisamente por el hecho de que mis personajes son muy oscuros y yo no soy así, cuando los escribo los disfruto porque, finalmente, ocupan mucha parte de mi vida”.

En todo caso, son personajes oscuros retratados por una pluma con mentalidad luminosa, vital, que canta si no le hacen una pregunta.

‒Desde la década de los años cincuenta del siglo XX, William Burroughs concluyó que ser drogadicto era una forma de vivir; han vuelto, remasterizados, eufeminizados, ciertos aires de los escritores malditos tipo “beats”: que el “hipster”, que el “cool”, ¿percibes una continuidad en el consumo de drogas en las últimas décadas?

‒En los años ochenta, consumir drogas implicaba una especie de “alegría de vivir, una celebración”, pero hoy, sobre todo entre la clase trabajadora, eso genera violencia e inestabilidad social… yo no quiero pintar de rosa la cuestión de las drogas.

 

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