Luther King y el sueño de los pueblos que quieren destruir


Libros de Ayer y Hoy

Lo que está pasando con la agresiva  penetración  de organismos transnacionales como Artículo 19,  para invadir nuestra soberanía y criticar las acciones del gobierno, confirma que la presencia de los que quieren destruir los sueños de los pueblos, siempre aparecen como una involución oscura.  Por eso hay que estar alertas. 

El 4 abril de este año, se cumplirán  cincuenta y tres años del asesinato del pastor bautista Martin Luther King, pero todavía queda en la bruma de la verdad, quien  conspiró para matar al activista por los derechos civiles; aquel que proclamó en agosto de 1963, “¡yo tengo un sueño!”, que retumbó en  todo el mundo. 

Las leyes estadounidenses determinaron que será hasta el 2027 cuando se puedan consultar los expedientes que archivan todo lo relacionado con su muerte, en el National Archives  and Records Administration.  Mientras, el asesino juzgado James Earl Ray, quien después negó su confesión, murió en 1998, treinta años después del crimen, con la seguridad de parte de la familia King, de que él no era el asesino.

En los muchos libros que se han escrito sobre el caso, se menciona la persecución permanente que ejerció la CIA dirigida entonces por Edgar Hoover, para callar la voz del activista de muchas maneras. La pregunta que se hace y algunos lo aseguran es: ¿fue la  CIA? La información de entonces ratifica con datos, que el día del crimen, altos funcionarios de la CIA se hallaban a unas cuadras del suceso.

El anticomunismo enfermo de los gringos, acentuado en  los sesenta

La lucha de King centrada básicamente en el fin de la discriminación y el derecho a votar, cimbró a un mundo de blancos que se creían y se creen dueños del mundo. Pese a ello, las dos propuestas de King en esas demandas fueron aprobadas en 1964 y 1965 en respectivas leyes.

Pero la persecución siguió. Interceptaron sus llamadas. Lo  tildaron de comunista, de tener entre su equipo a miembros del Partido Comunista Estadounidense y los propios Kennedy, desde antes de que John fuera asesinado, intervinieron para pedirle que se alejara de las compañías comunistas.

Buscaron todas las formas de frenar su elevada popularidad entre los afroamericanos, que tomaron conciencia de la sujeción que habían tenido en muchos años y asimismo personas de todas las razas que coincidían con él. Llegaron incluso a acusarlo de infiel, cosa que en esas épocas (y ahora con el conservadurismo latente), era un enorme sanción social.

“Yo tengo un sueño”,  la famosa frase quedó estampada en el mundo

Martin Luther King, cuyo nombre original era Michel, fue un activista por los derechos civiles desde su temprana juventud. Como pastor bautista, esa iglesia que surgió de la reforma Luteriana, inició la lucha en  Georgia donde nació  en 1929 y la amplió a todo el país.

En 1964 recibió el Premio Nobel de la Paz por esa lucha a favor de los derechos humanos de los negros. Su frase fue pronunciada al final de Marcha sobre Washington  por el Trabajo  y la Libertad. James Carter le otorgó  en  homenaje póstumo la Medalla presidencial de la libertad en 1977 y en  2004, el Congreso le dio la medalla de oro por ese mismo adjetivo.

Su figura se eleva preclara como uno de los más grandes personajes históricos de ese país y hay un día al año para su conmemoración. Las críticas que le hicieron algunos activistas por los mismos derechos, es que King planteaba  la igualdad con la raza blanca en todos los derechos, cuando, decían, esa raza había obtenido su primacía a partir del  exterminio de los que no eran de su raza, como los indios y los propios negros.

La discusión al respecto sigue en Estados Unidos. En uno de los últimos libros que se han escrito sobre él, Le mots de Luther King (2018, en francés), se abunda sobre toda su trayectoria y el impacto que ha tenido en  las últimas expresiones de esa gran raza afroestadounidense que sigue adelante en su defensa.  Luther King fue asesinado cuando solo tenía 39 años..                           


Teresa de Jesús Gil Gálvez, Teresa Gil, Tere  Gil, Teregil, son los nombres que  suelo usar. No he sido poeta en mi tierra, ni escritora, ni periodista, ni abogada. Son, al fin y al cabo, como decía Monsiváis, atributos que los demás deben reconocer. Prefiero ser agnóstica,  crítica, antiesquemática y comunista. La vida me lo reconoce.