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Fernando García Portada

Zacatito para el conejo Blas

Al pie de una foto

Nombre es destino dicen por ahí, estaba recién inscrito en el turno vespertino de la preparatoria No. 8 de la UNAM en la Ciudad de México y llamó la atención de todos entre el variopinto grupo de compañeros, uno en particular pues reunía las características de los jóvenes que por aquel entonces según la prensa corporativa u oficial asolaban la ciudad.

Los llamaban desde la televisión y medios; vándalos, pandilleros, chavos banda, pero tan solo era mi generación, la de los eternos excluidos del monolítico y brutal “Paraíso priista” donde Jacobo Zabludovsky, el vocero del régimen en la década de los 80 desde la televisión y al borde de las lágrimas en su noticiero nocturno 24 Horas, había dicho casi a gritos “Es terrible, el año apenas comienza y estos pandilleros salvajes recorren la ciudad, son peligrosísimos y están a unos pasos de las Lomas de Chapultepec”. Obviamente nunca denunció la represión del gobierno contra luchadores sociales y disidentes políticos.

El compañero vestía apretadísimo pantalón de camuflaje militar, gastadas y descosidas botas largas, varias playeras raídas sobre puestas en su torso delgado, cinturón con incrustaciones de clavos, tornillos y estoperoles, anchas pulseras negras de cuero crudo con aros de hierro, al hombro un morral de mugroso peluche pardo del que colgaba una larguísima cadena a manera de llavero, en la parte superior de la estampa un feroz rostro moreno de gestos duros con facciones como las talladas en un tótem indio, rematado por una cresta de pelo coloreado de rojo, erecto en picos a la manera de los mohicanos, a lo “cabazorro” que es como llamaban a ese peinado entre la banda.

Él era Morelos Blas López, conocido también como “el filoso” en los barrios y caseríos de las barrancas en el poniente de la ciudad y en el ambiente juvenil de las subculturas urbanas y la contracultura de los años 80 en la gran Tesmogtitlán. Su contra parte en el salón era Gerardicto, un ingenuo colega del mismo grupo, niño rico de un barrio elegante, bromista y ególatra. Tratando de hacerse el chistoso como acostumbraba ante la presencia de las chicas, ese primer día del año escolar en un receso entre clase y clase se acercó risueño casi bailando un vals a Morelos Blas y burlón preguntó señalando con un dedo la cadena metálica que pendía del morral, “¿robaste eso a una mascota o te escapaste de una perrera con la cadena puesta?”

Morelos Blas y yo conversábamos despreocupadamente sobre la presentación del grupo de hard core punk “La ley Rota” en un toquín el siguiente sábado en una barranca de “la Garci”. De manera que pude apreciar a detalle la transformación de Blas.

En lo inmediato con un veloz movimiento paralizó la sangre en las venas y la respiración de Gerardicto con una poderosa mano que apretó contra la garganta acompañada de una diabólica mirada de odio infinito, entonces dio un rápido paso al frente acercando su rostro a milímetros del gracioso y con una torcida mueca burlona llena de rabia exclamó salpicando saliva – ¡Esto es para ver que hijo de su refruta madre se quiere pasar de verga!- mientras extraía del bolso con la otra mano un enorme picahielo de más de 15 centímetros, sujeto del mango de madera a la cadena.

Gerardicto se volvió un pálido títere balbuceante, tembloroso, que sudando copiosamente en cuanto se pudo mover sin sacudirse aún el pánico, dio unos trastabillantes pasos atrás y salió corriendo al baño, seguramente a cambiarse los calzones. Blas y yo reímos a carcajadas por varios minutos hasta que advertimos a lo lejos, al fondo del pasillo del edificio de la prepa al prefecto correr hacia nosotros, era un tipo gordo, bajito con el rostro pecoso como huevo de guajolota y jadeaba cual perro asoleado.

Le pedí el filero a Blas y lo escondí en mi portafolio que cerré con llave, yo laboraba de cajero en un banco y después acudía a la escuela aún vestido de traje y corbata. El prefecto nada encontró al revisar minuciosamente a Blas que había sido delatado por Gerardicto, al verme tan serio y formal, el prefecto ni siquiera se atrevió a interrogarme. Pusimos cara de santos y por supuesto negamos la versión acusadora del payaso llorón.

Entre M Blas rey del escepticismo y yo que siempre masticaba entre dientes restos de sarcasmo e ironía podíamos construir a veces algún puente de comunicación no exento de polémicas y burlonas diatribas. Él leía a Bakunin y yo le presenté la obra de Paul Valeri “Los principios de anarquía pura y aplicada”, él me llevó a rolar con su banda “las momias punk” de Jalalpa y yo lo invité al slam con mis cuates del “Atoxico” y “Masacre 68”, luego me obsequió un cuadernillo de Luce Fabbri La libertad entre la historia y la utopía a cambio le di Primavera Negra de Henry Miller.

Eran tiempos difíciles para los jóvenes proletarios de un barrio marginal de la ciudad de México con nulas oportunidades de salir del gueto, yo tenía un salario miserable y Blas estaba peor, desempleado con algunos trabajos ocasionales peor pagados. Rodábamos buscando algo de luz y libertad entre los pocos foros alternativos de cultura y antros clandestinos del subterráneo libertario. Las brutales razzias policiacas a estos escasos puntos de diversión, de cultura y arte eran comunes y cotidianas. Hasta el interior del recién nacido tianguis del chopo llegaba la persecución.

Por el simple hecho de vestir como “chavo banda” te llevaban secuestrado a la estación de policía para extorsionarte y si no pagabas te daban “sabadazo” varios días “en cana”, te enjaulaban todo el fin de semana sin ninguna oportunidad o derecho humano básico. Lo más probable es que algún sádico jefe policiaco ordenara a algún policía torturador, picudo y gandalla que te cantara un tiro, si eras ganchudo, “sabias bailar el oso” y “planchabas al uniformado” te iba peor, así que tenías que dejar que te golpearan impunemente.

Mi gente es de una generación híbrida y dicen que, de cemento, de concreto, sobrevivimos a eso que llamaron paraíso de la estabilidad, la supuesta Suiza construida con violencia por el régimen del partido tricolor que hoy agoniza. 

La droga, mayormente mariguana, era distribuida desde el propio centro de poder del sistema con la consigna de embrutecer, de controlar. Gerardicto como lo decía su sobrenombre pasaba el día poniéndose bien estúpido, “quemándole las patas al diablo”, yendo a que “martita forjara un gallo”. Cierto día que “andaba en la eriza” le pidió a Blas un toque diciéndole; “¿a dónde Blas? zacatito pa´l conejito” a lo que Blas contestó: Nel yo paso, la mota es para los blanditos y fruncidos como tú.

Fernando García Álvarez

Nací enamorado de la luz y desde muy joven decidí ser artesano de sus reflejos. He sido aprendiz y alumno de generosos mentores que me llevaron al mundo de las artes y la comunicación. Así he publicado mis fotografías y letras en diversos foros y medios nacionales e internacionales desde hace varias décadas. El compromiso adquirido a través de la conciencia social me ha llevado a la docencia.

Colaborador desde el 10 de diciembre de 2021.

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