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sábado 25, junio 2022
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Jaquelina Rodríguez Portada

Familias con lectores

Luciérnaga vespertina

Cuando adolescentes, mi hermana y yo tuvimos un maestro de literatura y español que solía contarnos cuentos fantásticos en su clase. Por la tarde al regresar a casa comentábamos la historia que aquel día nos había contado Trujillo. Pocas veces, el profesor Trujillo solía decir quién era el autor de dichas historias así que las asumíamos como propias o como simples juegos de su imaginación. Años más tarde, cuando yo ya estudiaba en la universidad, en una ocasión buscaba en la biblioteca algo qué leer, llegué por azares del destino al 800 en la clasificación, es decir literatura, y específicamente a la G de García Márquez. Gabriel García Márquez era un escritor ya conocido para mí, en casa estaban algunos de sus libros, mis padres y hermanas hablaban de sus historias, y yo en mi adolescencia y durante toda una vacación de verano leí Cien años de soledad, historia que me causó cierta inquietud, asombro e incomprensión ante la posibilidad de relaciones endogámicas. Pero en ese estante de la biblioteca de la Universidad de Guadalajara había un libro del mismo autor que llamó mi atención porque lo desconocía, Doce cuentos peregrinos. Lo tomé con bastante curiosidad y lo llevé conmigo, no esperé llegar a la casa de asistencia donde vivía, ahí mismo en la biblioteca comencé a leerlo e hice el gran descubrimiento. Corrí a tramitar mi préstamo, fotocopié algunas partes de su interior y escribí una larga carta a mi hermana que entonces vivía en Arizona. Había encontrado por fin al autor de aquella historia fantástica que escuchamos en voz de nuestro profesor, “La luz es como el agua”. Reconocí en aquel profesor que había dejado trunca su carrera de medicina para dedicarse a la docencia de la literatura, a un lector.

Crecí con la literatura como compañera y consejera, algunas veces angustiada por terminar el libro del cual debía escribir un resumen y entregarlo para mi evaluación, otras veces maravillada y otras asustada por las historias que se me presentaban delante. En el puerto donde crecí, en aquellos años ochenta del siglo pasado, había únicamente una librería, que vendía más periódicos y revistas que libros. Así que cuando salí y dejé atrás el mar y sus susurros llevaba conmigo una lista de autores que encontré citados en libros o que leí fragmentos de su obra en los libros de texto de la primaria.

No hace mucho tiempo, tres o cuatro décadas atrás, algunos rincones de nuestro país estuvieron privados de la lectura. Como una especie de decreto divino, al pueblo no se le invitaba a leer. Hoy programas van y programas viene sobre el fomento a la lectura. Tal vez la lectura no sea la clave de la educación, del conocimiento y de la evolución, pero algo debe resolver dado que es una de las habilidades de la lengua, y el lenguaje es un factor determinante para la comunicación y el aprendizaje. Quien no domina una lengua en sus tres habilidades: hablar, leer y escribir se quedará sumido en la fosa de la ignorancia y la pobreza, fin último de gobiernos pre y posrevolucionarios en México. Se dice que la lectura es un hábito, y los hábitos por lo general se aprenden en casa, en familia. Nuestro gran ejemplo siempre será Sor Juana quien aprendió a leer a la edad de 3 años en la biblioteca de su abuelo. Quién de nosotros alguna vez no hurgó en las laberínticas bibliotecas de sus abuelos, tíos o algún otro familiar cercano. Y laberínticas no por extensas sino por variadas.

La otra parte que injiere en nuestros hábitos es la escuela, pero el sistema educativo en una sociedad sobrepoblada y tan dispar económicamente como la nuestra da carácter de obligación al conocimiento, a las conductas y a la creatividad, y así aleja al ciudadano de a pie de la cúspide en la pirámide de Maslow, y permanece inmerso en satisfacer únicamente sus necesidades básicas. Quién de nosotros alguna vez ha devuelto a la estantería un libro porque primero en nuestras prioridades es comer y pagar la renta.

Para algunos el nombramiento de Paco Ignacio Taibo II, personaje que nació y creció en el cosmos literario por excelencia, como director del Fondo de Cultura Económica (FCE) no fue la mejor decisión; sin embargo, este cambio que se dio en cuanto a personalidad e intereses en quien dirige ahora esta institución editorial mexicana trajo nuevas propuestas de edición y distribución de libros. Paco Ignacio Taibo II, siempre tan alegre, confiado y quitado de la pena avanza ya desde 2019 por los pasillos del FCE y deja a su paso 21 para el 21; Vientos del pueblo y nuevas propuestas económicas para la Colección popular y los Breviarios.

Vientos del pueblo es una colección del FCE, en la que ningún libro excede el precio de venta al público de los 20 pesos. Habrá quienes se fijarán en el diseño editorial y lo juzgarán pobre o inadecuado. Yo pienso que para aquellos que pretenden lucirlo en casa donde se depositan los libros con un diseño casual o minimalista en un librero estilo Luis XV probablemente no llene las expectativas, pero si lo que buscan es leer, conocer y entender, el diseño es irrelevante porque en esta colección puedes encontrar libros de historia nacional, crónica y literatura diversa en temas, géneros y autores. Por ejemplo, en Vientos del pueblo encontramos a aquellos autores que nos sembraron la curiosidad de la literatura en los legendarios libros de texto gratuito durante nuestra infancia, como Nellie Campobello de quien me gusta siempre su brevedad y contundencia en relatos personales y revolucionarios. En Vientos del pueblo también podemos leer, entre otros muchos títulos, Sentimientos de la nación de José María Morelos y Pavón, y entender la lucha por la autonomía de un país, texto en una “transcripción íntegra del manuscrito original resguardado en el Archivo General de la Nación Mexicana”.

Por otra parte, con un dejo de ironía, en 2021, el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado financió la colección 21 para el 21 con la que se recordaron los 700 años de fundación, los 500 de invasión y 200 de independencia de nuestra nación. Esta colección que constó de 21 títulos fue entregada estratégicamente a espacios culturales y académicos del país. Y verdaderamente fue un gusto saber que los aproximadamente 45 millones de pesos invertidos en el pago de derechos de autor, edición, distribución fue pagado con el dinero incautado a delincuentes de todo tipo.

El Fondo de Cultura Económica al cierre de este sexenio estaría cumpliendo 90 años rompiendo barreras como su nombre lo indica, económicas proporcionando libros a bajos precios, y no sólo eso sino llevando libros a lugares alejados de las grandes urbes, invitando a la lectura, a la información y a la “educación emocional” como lo indica el hoy director, Paco Ignacio Taibo II un hombre no sólo experto en literatura sino con una gran conciencia social.

Leer no garantiza la sabiduría porque mientras no reconozcamos nuestra propia ignorancia no ascenderemos al siguiente escalón. Así pues, leer es un acto de valentía que te enfrenta a ti mismo, a tu ignorancia y a tus miedos, pero si eres afortunado mirarás otros universos en ella.

Jaquelina Rodríguez Ibarra

Estudié literatura porque en los libros he aprendido a vivir. Por las mañanas dedico el tiempo impartiendo clases de literatura en la Prepa Vizcaínas y editando la revista Jardín de Letras que cada verano presenta los textos escritos por los jóvenes que gustan de las letras. Por las tardes edito la publicación digital Terciopelo Negro; también leo, escribo y sueño.

Colaboradora desde el 6 de agosto de 2021.

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