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sábado 1, octubre 2022
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Jaquelina Rodríguez Portada

El pasado nos alcanza

Luciérnaga vespertina

Cada época trae su enfermedad, 
pero también encuentra su remedio. 
Las panaceas se suceden a través de los siglos, 
paralelamente a las dolencias, 
y no ha habido ninguna que carezca de eficacia real… 
a condición de emplearla con fe. 
Amado Nervo

Uno de los regalos que me obsequió el confinamiento como consecuencia de una pandemia fue convencerme de que caminar por las calles de la ciudad no es un riesgo, siempre y cuando respete como peatón las reglas de tránsito y el protocolo de seguridad. En el transitar diario por los caminos de la Ciudad de México, he descubierto con desagrado y desilusión que no son únicamente los automovilistas quienes sin respeto ni inteligencia desacatan las reglas de tránsito vehicular, también los ciclistas, motociclistas y los mismos peatones transgreden las normas de vialidad al ignorar el reglamento de tránsito o bien creer que para ellos (nosotros) no es obligatorio su acatamiento.

Los ciclistas quienes en junio pasado se manifestaron, marcharon desnudos montados en su bicicleta para así llamar la atención del pueblo entero y no solo de automovilistas, exigieron respeto a su persona y a su transitar por las calles de esta ciudad, sin identificar que ellos mismos son parte del problema al no asumir el protocolo de seguridad en su propio transitar ni respetar a automovilistas ni a transeúntes en las impetuosas calles de esta ciudad.

Foto: Isaac Esquivel / EFE

En un afán conciliatorio con el medio ambiente, con la salud y la “modernidad”, ciudades como esta legendaria Ciudad de México, instituyeron las ciclovías y la renta de bicicletas para que de manera amigable con el ambiente decidiéramos por un transporte no contaminante y a la vez ser parte de una vida sana al propiciar el ejercicio en una sociedad donde el sobrepeso es el factor principal de enfermedades. Así que una parte de los ciudadanos defeños, citadinos o chilangos optaron por este transporte gracias a que cerca de sus casas se situaron establecimientos de renta de bicicletas y ciclovías. Aclaro que sólo parte de los habitantes de esta ciudad goza de dichos privilegios, los barrios bravos de la CDMX siguen sin disfrutar dichas concesiones. ¿Cómo se traduce esta situación en una agenda mundial llamada 2030? Respuesta, ¿marginación?, ¿ironía clasista?

Por otra parte, tenemos la paradoja mundial. El ser humano gracias al desarrollo del conocimiento y la tecnología ha creado y desarrollado infinidades de productos y sistemas que hoy podrían ser considerados elementos esenciales de una sociedad desarrollada o civilizada. Lo que hacen estos productos y sistemas es facilitar la vida del ser humano, y a la vez, tristemente, destruirla. En el siglo XX el automóvil como medio de transporte desplazó a la bicicleta y hoy, en siglo XXI, se pretende volver a ella, a la bicicleta, en una ciudad monstruosamente habitada por el tráfico automovilístico, el ruido, y altamente contaminada por sustancias tóxicas que en su mayoría son producidas por la combustión de los coches, con el fin último de usar medios de transporte alternos que sean menos contaminantes.

Foto: Getty

Así pues, se pretende ofrecer un recurso rudimentario como lo es la bicicleta, para suplir el avance tecnológico que en su momento significó el automóvil. Un mundo que sigue apostando por el desarrollo basado en el avance científico y tecnológico pretende regresar a lo rudimentario y primitivo. ¿Sucederá así en toda situación e institución social? Hoy, por ejemplo, Alemania ha renunciado a las energías renovables para regresar a las carboeléctricas. “El pasado nos alcanza” ¿por qué?

Cuánta razón tenía Julio Torri, en el siglo pasado en su brevísimo ensayo “La bicicleta”, al decir que el ciclismo es un deporte propio “… para misántropos, para orgullosos, para insociables de toda laya.  El ciclista es un aprendiz de suicida”, sin ofender pues a aquellos que gustan de conducir a toda velocidad su bicicleta en avenidas de la CDMX sin hacer alto en semáforo rojo, sorteando hábilmente y sumo equilibro a automóviles, peatones y a todo el que se le ponga en frete; algunas veces cargando su bocina en la espalda y escuchando la música de su gusto a volúmenes innecesarios, o transitando en sentido contrario a lo que marca la ciclo vía sin casco que proteja su masa encefálica y neuronal; señoritas en zapatillas pedaleando orgullosamente su bicicleta en favor del medio ambiente y la inclusión. Suicidas sólo algunos, solitarios tal vez todos.

Ante tales situaciones, vale hacer un par de preguntas a la ciudadanía como a las autoridades que implementan sus grandes ideas en una ciudad que ha crecido desmesurada y desordenadamente. En ciudades del “primer mundo” a las que he visitado a lo largo de mi vida, los ciclistas transitan únicamente por las calles donde hay ciclo vía, donde no las hay lo sentimos no se puede ir en bicicleta. En esas mismas ciudades el ciclista debe acatar el reglamento de tránsito por el bien propio y ajeno, y finalmente debe usar su equipo de seguridad.

¿Qué pasaría si a la par de estas nuevas estrategias intentamos conjuntamente la educación vial, la infracción e inclusión viales a todos niveles? Lo hemos visto en el pasar del tiempo, la tecnología no es el salvavidas o solución a los problemas, en ocasiones es una gran enfermedad cuyos medicamentos son la educación y la inteligencia. Dale a un niño, joven o adulto una computadora, un celular de última generación, y sin inteligencia ni educación esa herramienta se convierte en el peor desecho contaminante.

Después de una larga ausencia, así es como regreso mi estimado lector, para compartir con usted nuevamente estas letras que dan forma al transitar de la vida.

Jaquelina Rodríguez Ibarra

Estudié literatura porque en los libros he aprendido a vivir. Por las mañanas dedico el tiempo impartiendo clases de literatura en la Prepa Vizcaínas y editando la revista Jardín de Letras que cada verano presenta los textos escritos por los jóvenes que gustan de las letras. Por las tardes edito la publicación digital Terciopelo Negro; también leo, escribo y sueño.

Colaboradora desde el 6 de agosto de 2021.

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