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Con mucha atingencia ha actuado el papa Francisco en sus relaciones políticas. A diferencia del polaco Wojtyla, que enfiló sus baterías anticomunistas contra los países que aplicaban esa ideología, dividiendo al mundo, el argentino matiza sus intereses católicos y difunde que en cuestión de creencias, es mejor acercar que alejar.

Lo vemos, por ejemplo, metiéndose en las honduras árabes y en las entrañas agnósticas de Cuba y los efectos han sido pródigos. Abbas es un ángel de la paz y Raúl Castro empieza a soñar con volver al catolicismo; en un marco de ganancias para la Iglesia católica, que no da paso sin huarache.

La posición le ha redituado a Bergoglio altos reconocimientos, pero mientras, los más graves problemas que enfrenta la Santa Sede, duermen el sueño de los justos (sin merecerlo).

Están, los casos de la pederastia sin ser enfrentados a fondo por el Estado teocrático, la institución del celibato, el aborto, la misoginia presente en el poderío vaticano, el uso de las mujeres –monjas– como un bien incorporado al servicio masculino, la opción por los pobres, acuñada en el Concilio Vaticano 11 y que cayó en desuso y muchas cosas más.

Si en el concierto de las naciones, un Estado que se define representante de un  dios tiene más poder que muchos simplemente terrenales –lo que impulsa a estos gobiernos a utilizar el carisma papal–, Bergoglio juega un papel que el papado bien conoce.

En esa larga historia siempre contada, la iglesia católica ha sido el caso más extraordinario: gobernar en el mundo terrenal poniendo como escudo un paraíso ideal.

Los papas y la iglesia del siglo XX (Random House Mondadori, Debolsillo, Barcelona 2005), es una obra de los historiadores españoles Fernando García de Cortázar Ruiz de Aguirre y José María Lorenzo de Espinosa, que tiene un subtítulo irónico, Los pliegues de la Tiara y un  prólogo que hace hincapié en La dictadura teológica, Modus operandi.

Los editores, dueños del derecho de autor, advierten que ante la censura que hizo el Vaticano de la publicación de la obra, que indudablemente no les gustó por la crítica que se desprende ella, en la última edición –ésta que reseñamos–, el único responsable del libro es Lorenzo de Espinosa, ya que Ruiz de Aguirre, por ser jesuita, tuvo que obedecer las órdenes papales en ese caso emanadas de Joseph A. Ratzinger desde la Congregación de la Doctrina de la Fe. (Como puede verse, hay  cosas que nos recuerdan a la  periodista Carmen Aristegui).

Antes de meterse al siglo anterior, los también maestros dan una visión del mundo del papado en otros siglos, hasta llegar a Juan Pablo II.

A reserva de abundar en otra ocasión en esta interesante obra, me concretaré grosso modo a lo que los dos académicos dicen de América Latina y la Teología de la Liberación. (Y lo hago a propósito de la visita que hizo al papa Francisco uno de los padres de esa corriente, el peruano Gustavo Gutiérrez).

En el capítulo 10 hablan de la América católica, esa que se disputan los del Vaticano por ser la más copiosa en feligreses y su pobreza generalizada, que desde mediados del siglo anterior empezó a generar una grey comprometida, con pastores que asumieron a partir del Vaticano 11, la opción por los pobres, entre los que destacaban los brasileños Hélder Cámara y Leonardo Boff.

Abundan en el surgimiento de las comunidades eclesiales de base un movimiento que se ramificó hasta México en momentos en que la Santa Sede tomaba el asunto con preocupación, condenaba al silencio al franciscano Leonardo Boff, advertía a Ernesto Cardenal y Miguel de Scotto en Nicaragua y ordenaba la sumisión al papa.

Los historiadores señalan a Ratzinger, el después papa Benedicto XVI, como uno de los instigadores, apoyado por Wojtyla y las presiones que ejerció Estados Unidos para desmantelar aquel gran movimiento.

Las cosas siguieron en declive con el acendrado anticomunismo de Wojtyla, hasta hoy –los comentarios ya no son del libro– cuando se inicia un repunte discreto partiendo de la cautelosa apertura de Francisco.

laislaquebrillaba@yahoo.com.mx