Contra el voto duro


El voto duro no es producto del convencimiento político, no es un voto libre. El voto duro es inercial, no depende de la información ni de la reflexión sobre lo que ha hecho el partido para el cual se está votando.

PRI---Voto-Duro-31.05.15-bolEste tipo de voto responde a prácticas clientelares, consignas y coacción de grupos, es herencia de lo que fue el viejo partido de Estado, el PRI.

El voto duro es canjeable por despensas, materiales de construcción, electrodomésticos, dinero en efectivo, programas asistenciales, pero también por el miedo de mucha gente ante la posibilidad de perder el empleo por las amenazas de sus jefes, de los engaños y las falsas promesas de sus dirigentes. O simple y llanamente por desconocimiento e inercia.

El voto duro se beneficia de la pobreza de las masas, de la marginación y la desigualdad, “entre más pobres, los votos son más baratos”.

Así, cuando se constituyen los gobiernos duros se fundamentan en los programas asistencialistas y en la rentabilidad política que representan. El objetivo de esos gobiernos no es resolver la pobreza, sino administrarla.

El voto duro no sólo es un dato estadístico, es un producto histórico deformado, resultado de la domesticación de los sindicatos, de las organizaciones sociales y de las masas empobrecidas en un proceso de varias décadas.

Al respecto existe abundante bibliografía académica sobre la conformación del sistema político mexicano.

El voto duro es producto de la acción de redes familiares y de parentescos políticos de una minoría de beneficiarios por conservar cuotas de poder, por el temor a perder privilegios, por asegurar que las cosas permanezcan como están, sin rendir cuentas, sin transparencia; que permita que esa minoría siga manejando el poder público como si fuera privado.

Los operadores del voto duro son aspirantes al carro completo, para que la composición de la próxima legislatura y los gobiernos locales, corresponda a un sólo partido, y para disimular algunas cuotas de sus partidos comparsa.

Eso permitirá a los duros un amplio margen de maniobra para legislar a su modo, para maniobrar, para encubrir, para avasallar.

El voto duro no surgió de un día a otro, es producto de una estrategia histórica de imposición, del corporativismo del PRI que alcanzó vitalidad durante el siglo pasado, que hizo del charrísmo la bandera principal de muchos sindicatos y que impuso el chantaje como estrategia de negociación política con organizaciones de distinto tipo.

A los beneficiarios del voto duro la legitimidad les importa un comino, ni piensan en el largo plazo, sino que se centran en el aquí y el ahora, en el poder en corto plazo.

Su coraza de cinismo es dura y no les hace mella la crítica de sectores a sus conductas corrompidas, tampoco les interesa el hartazgo de la población, de los promotores del voto nulo, del “todos son iguales” y “que se vayan todos”.

Mientras los promotores del voto nulo se confunden en aspiraciones democráticas de largo plazo, los duros tienen a su favor que en la expresión de “todos son iguales”, también se diluye la posibilidad de que hay unos peores que otros, como partidos y como personas.

Así, en lo inmediato, los duros podrían quedarse.

Por ello, también puede ser muy válida y necesaria la apuesta al menos peor. No es lo mismo el PRI que el PRD, aunque este último haya mostrado sus lados oscuros en varios momentos; mucho menos se puede comparar al corrompido negocio del partido verde con Morena.

El voto duro es el mecanismo perfecto para la reconstrucción de la presidencia omnipotente, para el regreso a los tres poderes en alineamiento vertical, para pintar al país de un sólo tono político, para beneficiarse de la falta de pluralidad en la representación política.

El avance del voto duro implica el triunfo de la imposición y el retroceso en la construcción de nuestra debilitada democracia; asimismo, la disminución de algunas libertades y derechos alcanzados, como la libertad de expresión, la transparencia, la rendición de cuentas; incide también en la disminución de las posibilidades de la legalidad y de la justicia.

Desterrar el voto duro lleva a pensar en el menos peor. Esta opción tampoco implica centrar todas las expectativas de que allí radica el cambio, sino que es apenas un paso de los muchos que tenemos que dar para alcanzar el cambio democrático.

La ruta es  larga, el camino zigzagueante y no está exento de contradicciones, de desencantos, de frustraciones ante las alternancias fallidas.

El voto crítico por el menos peor no es un cheque en blanco, es un paso en la ruta para generar contrapesos, de crear una cultura de pluralidad, que vaya más allá de los partidos políticos, que abra posibilidades de participación en un entorno de mayor pluralidad.

Votar contra el voto duro es una posibilidad para evitar la reconstrucción férrea, centralizada y personalista del poder político.

sociologouam@yahoo.com.mx