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Luis-Alberto-García

Historia del Panteón Francés de la Piedad: “los muertos también pagan”

LA SUAVE PATRIA

* Su trazado data de 1864, pasados dos años del arribo de los emperadores.

* Ahí fueron inhumados los soldados franceses caídos en la guerra de intervención.

* El terreno fue adquirido a iniciativa del mariscal Ellie Achille Bazaine.

* Incluye un osario ubicado del lado norte del cementerio en la capital.

* También se enterró a difuntos alemanes, austriacos e italianos.

* Luego aparecieron las lápidas de los personajes del porfiriato.

“Heureux qui mort dans le Signeur” (“Feliz quien muere en el Señor”), dice el letrero forjado en hierro a la entrada del Panteón Francés de la Piedad, reliquia urbana con más de un siglo y medio de existencia, que alberga tumbas modestas y monumentales, criptas olvidadas desde siempre, lúgubres y hasta fascinantes por los orígenes y apellidos de los difuntos que reposan en ellas.

Ubicado en la avenida Cuauhtémoc, entre la avenida Central y el Viaducto Miguel Alemán que delimita las colonias Roma Sur y Doctores de la Alcaldía capitalina de ese nombre –antiguamente a orillas del extinto río de la Piedad y un llano sembrado de magueyales, en cuyas cercanías crecía la ciudad de México-, el terreno que hoy ocupa el cementerio fue adquirido por Ernest Masson.

Los trabajos para su trazado iniciaron en diciembre de 1864, pasados más de dos años del arribo de las primeras tropas enviadas a México en su guerra de intervención por el emperador de Francia, Napoleón III.

Éstas estaban al mando del mariscal Ellie Achille Bazaine, quien encargó al capitán Emile Mathieu estudiar costos y tener listo el cementerio a la brevedad posible, para inhumar con dignidad a los efectivos europeos caídos en combate.

Debido a que un antiguo proyecto de la Sociedad Francesa, Suiza y Belga de Beneficencia que proponía construir un panteón para la comunidad de sus ciudadanos residentes en el país se había suspendido años atrás, el plan original fue retomado ante la propuesta de Bazaine, convirtiéndose también en panteón para la población civil.

Concluidas las obras de nivelación, el lugar empezó a funcionar a mediados del lapso de tiempo que abarcó el llamado imperio de Maximiliano I de Habsburgo: los primeros oficiales fueron recibidos ahí para su último descanso, seguidos de integrantes de la colonia francesa –y europea en general- radicada en la capital del país.

Sin embargo, surgieron diferencias dada la división entre los católicos franceses y belgas y los protestantes austriacos y suizos, así como el trato de civiles y militares, oficiales y soldados, convirtiéndose éste en conflicto de jerarquías, de clase y prestigio que Bazaine debió corregir.

El cementerio fue inaugurado durante el Imperio, incluido un osario edificado sobre el muro norte que aún es visible desde la Avenida Central, en el que están los restos de 163 militares, de los cuales únicamente se distinguen los nombres de Jean de la Tourre, Hueix de la Brousse y Auguste Schlencker.

Hay también –a la derecha de la entrada, a donde inicia la calle principal- un mausoleo magnífico que honra a los militares que, emigrados a la ciudad de México luego de haber combatido en los campos de batalla de la I Guerra Mundial, murieron en esta capital.

En su obra “Yo, el francés” (Ed. Tusquets, México, 2002), el investigador Jean Meyer señala que, hasta junio de 1867 en que fue fusilado en Querétaro el emperador Maximiliano, y cuando los 28 mil 693 militares que quedaban en el país hasta entonces regresaron a Francia, el ritmo de entierros por año en La Piedad (apenas 172) creció, al que se sumaban difuntos alemanes, austriacos e italianos.

El triunfo juarista y la restauración de la República modificaron la situación, al decretarse una amnistía que incluyó a quienes hubieran colaborado con el Imperio, como los miembros de algunas sociedades de beneficencia, que designaron a Jules Borneque su representante y mediador ante el gobernador capitalino, Tiburcio Montiel.

Como absurdo histórico, una de las criptas más ruinosas del panteón de la Piedad es la de la familia Borneque, que permanece en el abandono total, tal vez desde hace más de una centuria, sin que, ni en esa ni en otras tumbas, se verificaran ni cumplieran los requisitos de salud e higiene ordenados por el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada.

Cancelada la gestión funeraria a las órdenes religiosas y cuestionada su situación legal, la concesión del panteón –hasta la fecha el más caro de México, similar al Francés de San Joaquín- quedó bajo cuidado del registro civil; pero con tarifas altísimas que, sin remedio, endeudaban a las familias, sin que el factor económico haya variado un ápice con el tiempo.

“Los muertos también pagan”, fue el dicho de Sebastián Pane, encargado hasta 1872 de la remodelación y administración del panteón de la Piedad, y cuya afluencia de muertos mexicanos, nuevos ricos y ricos ilustres empezó a aumentar durante los prolongados gobiernos del general Porfirio Díaz, en los cuales el afrancesamiento pasó a ser uso, costumbre, moda y estilo de vida.

Los antiguos enemigos del pasado inmediato –imperialistas, juaristas, lerdistas, liberales, conservadores y porfiristas- eran vecinos de cripta y túmulo: políticos, empresarios, profesionistas, oligarcas, terratenientes y militares con sus respectivas familias y descendientes se encontraron no sólo en el en el “más acá”, sino también en el “más allá”.

De entonces proceden los apellidos Casasús, Requena, Escandón, Mancera, Aguirre del Pino, Arango, Torres Adalid, Rivera Torres, Monterde Polo, Verduzco Rosas, B. Zetina, Aguilar y Quevedo, Chelala y Guaida, Robles-Gil, Landa y Ríos, Bolaños Cacho, Ebrard-Maure, González Ulloa, Alatorre, Mier y Terán y parientes de Eusebio Gayosso, primer empresario de las funerarias nacionales.

Entre ellos no faltan los Limantour, Subervielle, Haro y Tamariz, Palavicini y H. Chambon con su pirámide egipcia de la masonería de motivos faraónicos, además de las familias Madero González y Pino Suárez –excepto don Francisco y don José María, cuyos restos están en mejor y honorable sitio-, y los Romero Rubio, parientes de doña Carmen, viuda del general Porfirio Díaz, quien desde el 3 de julio de 1915 está tan lejos de ella, en el cementerio parisino de Pere Lachaise.

Colofón de esta historia es la presencia relevante de numerosos generales de la Revolución, muertos célebres entre quienes se distinguen los asesinados militares antireeleccionistas Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez, lo mismo que Joaquín Amaro y Salvador Alvarado, yerno de don Venustiano Carranza, a quienes muchísimos años después seguirían –aunque parece despropósito que desentona-, los actores Mauricio Garcés y Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”

Las misas dominicales, de bodas y de difuntos ya no se ofician en la capilla gótica de la Santa Resurrección de Cristo desde 2012, a ciento veinte años de su fundación, si se recuerda que fue en 1892 cuando fue inaugurada por monseñor Henri Bremond y directivos de la Asociación Francesa, Suiza y Belga de Beneficencia.

Símbolo de esa presencia religiosa es la estilizada torre que surge en medio de las jacarandas violáceas primaverales, con un gallo dorado en la punta, que mira el horizonte citadino como testigo del paso de los más de ciento cincuenta años transcurridos desde 1865, en tiempos de guerra para los invasores franceses que, sin desearlo, ahí encontraron la paz de los sepulcros.

*Premio Nacional de Periodismo / 2011, 2015, 2019 / Categoría Crónica.

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