The Economist debe responder legalmente por su agresión a AMLO


Libros  de ayer y hoy

¿Quién le pagó a The Economist para publicar la imagen contra el presidente Andrés Manuel López Obrador? ¿Por qué el INE sigue callado cuando la agresión de The Economist está ligada al proceso electoral?

Una foto se lanza al mundo de manera sesgada, de un presidente al que se califica de falso Mesías. Lo sesgado es completo, primero porque esa foto no se lanzó totalmente en el medio europeo, sino porque se acomoda en un país en donde pretende influir en resultados comiciales.

¿La idea era poner énfasis en la palabra “falso” involucrando otras extensiones o en “Mesías”, en un país en el que alrededor del 86 por ciento se dice católico? La frase es ofensiva al usar la palabra falsa y se presta a muchas impugnaciones ante un medio que tendrá que probar en donde está la falsedad en torno a un Mesías que no existe como tal.

El gran problema legal del derechista medio inglés es que se lo atribuye directamente a un personaje real, a un hombre que fue altamente votado en su país y que acaba de ganar encuestas como el presidente más reconocido de los anteriores gobernantes.

El uso despectivo de un concepto tipifica discriminación o racismo

Profundizando en la denominación, los que la usaron parten de una concepción retraída en torno al concepto Mesías. Si se le atribuía a AMLO, ¿comprobó él medio que AMLO se cree eso o que acuñó una imagen a partir de caracteres que lo identifiquen? Si se sigue el origen de esa adjudicación, han sido otras personas las que la han creado, el intelectual de derecha Enrique Krauze entre ellos, que le puso Mesías tropical y otros que han derivado calificativos.

Si AMLO no asume esa característica, quienes le dicen Mesías están mintiendo; los de la falsedad son ellos y tienen que asumir su responsabilidad. Los que en el país se solazan en ese nombre y lo restriegan tienen que ser señalados como difamadores o calumniadores por los organismos correspondientes que están en contra del racismo y de la discriminación.

La iglesia católica que se ha quedado callada en esta polémica, debería intervenir porque se toma el nombre de uno de sus conceptos religiosos, con  fines aviesos. The Economist maneja el nombre Mesías, con fines utilitarios.

El mesianismo realmente existió en el PRI y el PAN por décadas

Si se parte de la definición del Mesías como el ungido, el que dará justicia y paz, a México se lo han ofrecido por décadas. Si se leen todos los discursos priístas y panistas, las promesas de campaña, no hay diferencia con los sermones que, en las sinagogas modernas, llámense iglesias, capillas o catedrales, repiten la anunciación de un ser extraordinario que dará la salvación.

Daba risa escuchar a los Fox o Calderón agarrados de la entelequia para profanar la esperanza de la gente. O de Peña Nieto sobre cambios futuros mientras rebosaban sus campañas los millones de dólares de Odebrecht o las tarjetas de Soriana. Lean esos discursos en las épocas de Díaz Ordaz y Echeverría, para percibir en que consistía la anunciación. Las iglesias descendientes del rey David tienen concepciones diversas del Mesías que algunos están esperando desde hace más de dos mil años. El judaísmo es el que habla de un falso Mesías, porque no cree que Jesús de Nazareth lo sea.

Eso ha provocado serias diferencias entre religiones. Pero los falsos profetas que siempre han existido y los dioses que incumplen están en las historias, en los libros y sobre todo en la poesía ¿Quién no leyó en su niñez “El cristo de mi cabecera” (Declamador sin maestro, editorial Época 1972) de Rubén C. Navarro, el poeta que jamás fue escuchado en su desgracia?

Aquí el final de su poema:

Hoy que por la fuerza del dolor, vencido,
busco en el silencio mi rincón de olvido,
mustias ya las flores de mi primavera
triste la esperanza y el encanto ido:
rota la quimera,
muerta la ilusión,
¡Ya no rezo al cristo que jamás oyera
los desgarramientos de mi corazón!

Teresa de Jesús Gil Gálvez

Teresa Gil, Tere  Gil, Teregil, son los nombres que  suelo usar. No he sido poeta en mi tierra, ni escritora, ni periodista, ni abogada. Son, al fin y al cabo, como decía Monsiváis, atributos que los demás deben reconocer. Prefiero ser agnóstica,  crítica, antiesquemática y comunista. La vida me lo reconoce.