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martes 28, junio 2022
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Fernando García Portada

El Mexicano

Al pie de una foto

Para mis amigos de la sección 20 del SUTGCDMX

Algunos autores, libros, narraciones o poemas son en nuestra memoria como un trozo de carbón que se mantiene encendido en sus entrañas, cuando acudimos a ellos para releerlos fácilmente vuelven a encender en llama viva. Esto me ha pasado con un cuento que leí primeramente en la época de mi añorada infancia. Algún domingo cualquiera de la década de los 70 llegué a casa de los abuelos y encontré rebosante de libros nuevos una rústica caja de madera de esas en la que transportaban frutas y que llamaban huacales. Algún vecino desconocido de ese barrio bravo la había ofrecido por unos pesos y para mi sorpresa y alegría la familia había aceptado la ganga.

Como acostumbraba después de acompañar a mi abuelita a misa y pasar por una nieve de limón, en lugar de salir a la calle a jugar con los otros chiquillos de la casa seleccioné del frugal banquete de tinta y papel un título que me llamó la atención y corrí al cómodo sillón con olor a pachuli de una pequeña habitación al fondo de la casa que hacía de biblioteca, quité emocionado el celofán del libro y embebido me sumergí el relato “El Mexicano” de Jack London.

Sin embargo, ante el ojo de la memoria de Rivera ardían todavía más visiones. La huelga, o mejor, el lock-out, porque los obreros de Río Blanco habían apoyado a sus hermanos de Puebla, en huelga. El hambre, las expediciones a las colinas en busca de bayas, las raíces y yerbas que todos comían, y que retorcían y atormentaban los estómagos de todos ellos. Luego la pesadilla; el extenso patio ante el almacén de la compañía, los millares de obreros hambrientos, el general Rosalio Martínez y los soldados de Porfirio Diaz; y los fusiles que escupían muerte, que nunca dejaban de escupir, mientras los pecados de los trabajadores eran lavados una y otra vez con su propia sangre. ¡Y aquella noche! Veía los vagones planos, en donde estaban amontonados los cuerpos de los asesinados, que eran consignados hacia Veracruz, donde servirían de alimento para los tiburones de la bahía. Trepó de nuevo por los espantosos montones, buscando y encontrando, desnudos y mutilados, los cuerpos de su padre y de su madre. Recordaba especialmente a su madre, sólo podía verse su rostro, pues su cuerpo yacía enterrado bajo el peso de docenas de muertos. De nuevo crujieron los rifles de los soldados de Porfirio Diaz, y de nuevo salto al suelo y se escabullo como un coyote herido de las colinas.

En mi imaginación de niño pasaban velozmente ante mí como carros de ferrocarril las escenas de una película en la que Rivera, el misterioso personaje principal encarna al joven patriota casi niño que entrega por completo su vida por las mejores causas de su gente y de su pueblo en la naciente revolución mexicana de 1910.

Ese mismo día a la hora de merendar, después de saborear mi atole champurrado con un cocol de anís pregunté tímidamente – ¿Abuelo, qué es una huelga? – Todos los convidados a la mesa se voltearon a ver entre sí y luego estallaron en carcajadas, todos menos mi abuelo que después de mirarme divertido preguntó – ¿Qué has estado leyendo chamaco? – A mí se me habían subido los colores a la cara y solo atiné a mostrar el libro.

Mi abuelo en su juventud había sido minero por algunos años en la Mina 2 Estrellas de Tlalpujahua en Michoacán y esa tarde me contó a detalle acerca de las precarias condiciones del trabajo en los ardientes socavones y estrechos túneles de la mina, el constante peligro de muerte en los accidentes por derrumbes y uso de explosivos, de las enfermedades que atacaban los pulmones de los mineros como la silicosis, describió con cierta pasión escondida qué eran las asociaciones sindicales y las huelgas. Como muestra me enseñó su mano derecha paralizada a la mitad por un golpe recibido cuando laboraba en una fábrica. Entendí en ese momento el significado de pertenecer a la clase trabajadora y me fue más clara y apasionante la narración de Jack London.

Un pariente michoacano simpatizante del sinarquismo (agrupación fascista, anticomunista y nacionalista católica) que estaba de visita comentó rascándose la cabeza con una mano mientras que con la otra se levantaba el sombrero – oiga don Ángel el cura dice que las huelgas no son buenas, que son para los haraganes que no quieren trabajar, que es como patear el pesebre.

El abuelo era un hombre fuerte, alto, de voz grave y gran carácter que no se andaba con rodeos.

¡No sea usted pendejo compadre!, la huelga es la única arma que tiene el trabajador para defenderse de los patrones abusivos y explotadores. El capitalista va por la riqueza y si te tiene que hacer reventar trabajando como un esclavo por su ganancia no se tocará el corazón -le contestó a boca de jarro como se dice en el pueblo, frunciendo el ceño y dando un teatral golpe con la mano abierta en la mesa mientras nos hacía un guiño travieso. Toda la chiquillada a la expectativa explotó de algarabía mientras el invitado nervioso fingía sonreír mirándonos atribulado.

Jack London, el gringo más mexicano del mundo, nos proporciona en este cuento un retrato elocuente y preciso del espíritu combativo que existe como un diamante en el interior de la psique nacional, en este caso ese diamante sale de las profundidades de la opresión hacia la luz a través de un largo y doloroso proceso gestado por la injusticia, la indignación y el coraje. Es la vindicación de las primitivas almas encerradas en el infierno de las fábricas y haciendas del porfiriato.

Trabajando ya en los medios un par de décadas después, en la marcha oficial del primero de mayo, Día del trabajo, los manifestantes de esos sindicatos blancos o charros se rebelaron en medio de ese desfile del sindicalismo corporativo y arrancando las lonas que cubrían la mayor parte de las fachadas de los edificios del Zócalo en el Centro de la Ciudad de México las quemaron ahí mismo. En casi todas esas enormes lonas podía leerse el mensaje de todos los años “Muchas gracias señor presidente” firmado por la Confederación de Trabajadores de México afiliada al PRI y que aglutinaba a sangre y fuego a la mayoría de los sindicatos en el país.

La gente entusiasmada por su arrebato libertario coreaba “¡obreros, campesinos, todo el pueblo al poder!” la escena me conmovió, era la incipiente insurrección que despuntaba, enfoqué el telefoto mientras encuadraba y disparé el obturador de la cámara capturando un detalle de esas manos de obreros, empleados y campesino arrancando el oprobioso mensaje de agradecimiento a un régimen totalitario que tenía control absoluto de la clase trabajadora y con guante de hierro a través de líderes corruptos mantenían con salarios miserables oprimido al pueblo de México. Cómo olvidar aquella época en la que “fuimos Venezuela” y la catastrófica devaluación de la moneda que arrasó la economía del ciudadano de a pie arruinando nuestro futuro. Carlos Salinas de Gortari presidente espurio de México entre 1988 y 1994 es el padre de las miserias actuales y autor de la estúpida ocurrencia de quitarle 3 ceros al peso para disimular el lamentable estado al que habían reducido la economía de la nación al repartir entre su mafia de ambiciosos empresarios ineptos la infraestructura del país y los recursos naturales.

Hoy las descargas de los fusiles mediáticos tampoco cesan como cuando con pólvora y plomo obedecían al dictador Porfirio Diaz, esta última semana del mes de abril del 2022 un gacetillero a sueldo, títere del multimillonario Claudio X González y las multinacionales energéticas de nombre Raymundo Riva Palacio furioso por el llamado de la gente a nombrar traidores a la patria a diputados y políticos defensores de intereses extranjeros, utilizando una verborrea violenta y mentirosa desde su columna Estrictamente personal en el panfleto Eje Central ha estigmatizado amenazando de manera pendenciera y cobarde a los comunicadores independientes, comprometidos con las causas del pueblo, nos amaga con una siniestra noche de cuchillos largos que ocurriría al finalizar el gobierno actual en 2024 en la que “pagaremos las consecuencias”.

Efectivamente nada es para siempre y quienes vivimos en riesgo permanente por nuestra postura ética en favor de quienes menos tienen nos sumamos a la sarcástica petición que ya circula en las redes de la internet para comprar de ser posible un camión de naranjas o mandarinas para que en los años venideros la derecha facciosa nos la siga pelando (las mandarinas).

Conmemoremos este 1ero de mayo, día del trabajo del 2022 recordando a los mártires de Cananea y Rio blanco entre otros, con una actitud combativa, reivindicando nuestra conciencia de clase trabajadora porque es fundamental recuperar la autonomía de sindicatos y asociaciones campesinas y gremiales para defender nuestro derecho al trabajo y las garantías obtenidas en sangrientas luchas a lo ancho y largo del devenir nacional, la brega es constante y no podemos ceder un segundo al descuido porque el imperio de la explotación es un monstruo grande y pisa fuerte como se demostró en la trágica y reciente jornada de sangre ocurrida en la cooperativa cementera Cruz Azul en el Estado de Hidalgo.

El camino andado me recuerda que como Rivera el protagonista de “El Mexicano” tenemos que seguir peleando una muy desigual e interminable pelea contra los intereses extranjeros que nos esclavizan desde hace siglos, tenemos la ventaja de ser peleadores natos, fajadores del hambre y la desdicha y el triunfo ocurrirá pese a las trampas y celadas en un último asalto en el que nuestros puños asestarán un fulminante nocaut a los traidores a la patria y los oligarcas que representan.

Nadie felicitó a Rivera. Caminó solo hacia su esquina, donde sus segundos no habían colocado todavía el taburete. Se apoyó de espaldas en las cuerdas y los miró con odio; hizo que su mirada discurriera a su alrededor, hasta incluir en ella a los diez mil gringos. Sus rodillas le temblaban, y jadeaba de agotamiento. Ante sus ojos, los rostros odiados oscilaban envueltos por el vértigo de la náusea. Entonces recordó que eran armas. Las armas eran suyas. La revolución podría continuar.

Fernando García Álvarez

Nací enamorado de la luz y desde muy joven decidí ser artesano de sus reflejos. He sido aprendiz y alumno de generosos mentores que me llevaron al mundo de las artes y la comunicación. Así he publicado mis fotografías y letras en diversos foros y medios nacionales e internacionales desde hace varias décadas. El compromiso adquirido a través de la conciencia social me ha llevado a la docencia.

Colaborador desde el 10 de diciembre de 2021.

Destapados

Periodistas Unidos
– Jorge Meléndez

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