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Vierte la sociedad toda su aversión por la saña con que mataron a Gamaliel

OAXACA, OAX., julio 11.- La marcha fue a paso lento. Una a una, cientos de pancartas levantadas en las calles exigían: “¡Justicia!, ¡Castigo ejemplar!, ¡No impunidad!”.

El paso doloroso, impotente, pero decidido de doña Vicenta García López, madre del pequeño Gamaliel García López, violado y asesinado el 8 de junio pasado, encabezó al contingente.

A su izquierda, la menuda mujer era flanqueada por su hermano, Roberto García López; a su derecha otros familiares y vecinos de San Mateo Piñas, Pochutla, en la región de la Costa oaxaqueña.

El centenar de gente volcada en la calle partió de la Fuente de las Ocho Regiones, parca frente al sufrimiento de una madre que perdió lo más importante de su vida: su hijo.

Atrás de doña Vicenta, acompañando al contingente, el presidente de la Comisión Permanente de Derechos Humanos del Congreso del Estado, Pavel López Gómez, y la presidente de la Comisión Permanente de Salud, Marlene Aldeco Reyes Retana, así como el sacerdote Wilfrido Mayrén Peláez, conocido como el “Padre Uvi”, de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz del Arzobispado de Oaxaca.

Otros activistas se sumaron al contingente: la Red por la Diversidad Sexual y la Liga Mexicana por la Defensa de los Derechos Humanos (Limeddh).

“¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Justicia!”, se repetía en cada uno de los carteles en manos de madres de familia, niños y ancianos llenos de indignación y coraje.

La manta en las manos de Vicenta apenas reflejaba su sentir. “Exigimos justicia para José Gamaliel”, y en rojo exigía “pena máxima para el sádico violador y asesino Julio César Martínez”.

Los oradores descargaron su aborrecimiento por la saña en que le fue arrancada la vida al menor y reprobaron la forma en la que se imparte justicia en Oaxaca.

La manifestación siguió su camino sobre la Avenida Juárez, donde cada poste tenía la fotografía del señalado como violador: Julio César Martínez, y la exigencia de “¡No impunidad!”.

La marcha siguió avanzando entre propuestas enardecidas de la gente: cadena perpetua, castración y pena de muerte.

Las manecillas del reloj de la Catedral Metropolitana se juntaron al medio día.

Vicenta se detuvo sobre García Vigil y explotó en coraje.

“Mi vida ya no tiene importancia, que venga, que me mate, me haría un favor, pero lo hago responsable de la muerte de cualquier testigo, de cualquiera de mis familiares, porque ellos son asesinos. Que lo sepa el señor Gregorio (Ruiz García, padre del acusado), que no le tengo miedo; la muerte de mi hijo me da valor para seguir adelante”.

Más adelante, frente a Palacio de Gobierno, donde culminaba la firma de un convenio entre el gobernador Gabino Cué Monteagudo y una enviada de la ONU, los deudos y familiares montaron un campamento con unas ropas ensangrentadas y la consigna eterna de “¡Justicia!”.

 

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