Iturbide y la Iglesia, los Padres de la Patria


SIN DERECHO A FIANZA.- ¿No resulta ilógico que se diga: “México conmemora 204 años de independencia”, si la lucha duró 11 años, ya que no se consumó sino hasta el 27 de septiembre de 1821?

Ninguna revolución se gana el mismo día como para poder celebrar desde el inicio. 204 años de independencia se cumplirán hasta el 2025.

¿Será que se prefiere decir esa mentira porque se quiere ocultar que detrás del triunfo está la Iglesia católica?

Porque Allende e Hidalgo fueron fusilados entre junio y julio de 1811, ni siquiera duraron un año al frente. Morelos levanta la bandera y la lucha adquiere nuevo bríos, principalmente en el centro y sur de la Nueva España, hasta su muerte en diciembre de 1815. Después de eso la revolución agoniza. La gente ya no acude a la lucha. Guerrero en las montañas del sur o Guadalupe Victoria en Veracruz, subsisten casi como gavilleros.

Será hasta principios de 1817 (abril), con la llegada de Francisco Xavier Mina, que la guerra se reactiva. Dura poco: Mina es fusilado en noviembre, y decae la lucha, hasta que la Iglesia es ofendida de nuevo.

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En la Nueva España, todos los que tenían negocios y sufrían crisis, obtenían créditos de la Iglesia, que era la más rica empresa de la amplia América; eran de ella la mitad de los bienes raíces de la Nueva España, según Lucas Alamán.

Su riqueza procedía de tres fuentes: rentas de sus propiedades del campo y ciudad; del famoso diezmo y la principal radicaba en capitales impuestos a censos redimibles (cuando se recibe alguna cantidad por la cual se ha de pagar una pensión anual, asegurando dicha cantidad o capital con bienes raíces) sobre propiedades de particulares.

Para el historiador Luis Villoro, las propiedades del clero se estimaban de tres a cinco millones y administraba hasta 45 millones por concepto de “capellanías” y “obras pías”.

“Cada capellanía, cada cofradía era una especie de banco. Prestaba a los hacendados, a los industriales y a los pequeños comerciantes fuertes capitales a un interés módico y a largo plazo”. También controlaba muchas propiedades rurales mediante hipotecas. Las rentas de la Iglesia y las particulares de los curas estaban exentas de contribuciones.

La Nueva España pagaba mucho en impuestos a la Corona española. Por eso, la Iglesia novohispana resintió tanto que en 1798 se estableciera un impuesto especial sobre las inversiones de la Iglesia en que se le obligaba a financiar a las constantes guerras de la Corona.

Protestaron sus representantes pero en vano y en lugar de dar marcha atrás les mandaron un golpe artero: en diciembre de 1804 por decreto real se ordenaba la enajenación de todos los capitales de capellanías y obras pías. El decreto también exigía que se hicieran efectivas las hipotecas vendiendo las fincas de crédito vencido y mandar el dinerito para España.

Esta medida ya se había aplicado en la península española. Según un obispo de la época, esa suma sería como “más de dos tercios del capital productivo o de habilitación del país”. El coraje clerical fue enorme.

Pero no se pudo hacer nada: se entregaron a las arcas españolas de diez a doce millones de pesos, claro, nomás declararon la cuarta parte de su capital en la realidad.

Napoleón Bonaparte sometió a España en 1808. Después, ya con José Bonaparte como rey, en enero de 1809 se cancelaría el decreto. En España (bajo poder francés), la Constitución de Cádiz (marzo de 1812) proclamaba la monarquía parlamentaria (reducía el poder del rey) y abolía la Inquisición; calmaba al clero al declarar que la católica era “la única religión verdadera”, por lo que no se toleraría ninguna otra. En América tendrían los mismos derechos pero, la sede del gobierno seguiría en España.

Con la derrota de Napoleón en 1814, Fernando VII regresa al trono. Los liberales de España y América estaban felices. Por supuesto, quienes se sentían libres no sabían que el monarca no quería ser constitucional. Fernando se rodeó de reaccionarios y al poco tiempo derogó la Constitución, arrestó o desterró a los liberales y restableció la Inquisición.

Desde Londres, los liberales mantenían una guerra de crítica y propaganda contra su mentiroso rey y en España la masonería y otros conspiraban para derrocarlo, incluso desde el Ejército.

En marzo de 1820, el coronel Rafael del Riego se pronunció contra Fernando y marchó sobre Madrid. El gobierno cayó fácilmente.

La junta de gobierno convocó a Cortes y éstas emitieron decretos contra el poder temporal de la Iglesia: supresión del fuero eclesiástico, reducción de los diezmos, abolición de las órdenes monásticas y de la Compañía de Jesús, y la supresión de la Santa Inquisición.

En la Nueva España la Iglesia se puso grave. Acá, la Constitución de Cádiz se proclamó por segunda ocasión el 3 de mayo de 1820. Ahora se anunciaba la venta de los bienes eclesiásticos y la reducción de los diezmos. El clero novohispano quedaría pobre.

Es aquí donde entra un cerebro infernal: Matías Monteagudo, quien con un grupo de clérigos que hacían sus reuniones en el templo de la Profesa, deciden que lo que conviene es ser independientes para no perder sus privilegios (ni su riqueza).

En noviembre de ese año, el clero usa su poder (se dice que influyó la amante de Iturbide: la “Güera” Rodríguez) y un alto oficial, destacado por su crueldad contra los insurgentes: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu es nombrado jefe del ejército para atacar a Guerrero.

Las denuncias en su contra señalaban que usaba al ejército para transportar mercancías y plata, que especulaba con terrenos y ganado, que vendía artículos para minería a precios elevados, que secuestraba mujeres y era un extorsionador que controlaba los precios de sus productos y colocaba los suyos. Quien se quejaba era encarcelado o ejecutado. Los comerciantes pedían su remoción. Se había hecho rico. Fray Servando estimó su fortuna en tres millones de pesos.

Así, Iturbide entró al grupo del verdadero cerebro de la independencia: Matías de Monteagudo. Ahora, la Iglesia católica estaba de acuerdo con Hidalgo y Morelos. Después de tres escaramuzas contra Guerrero, donde llevó las de perder Iturbide, éste entró en tratos con el sureño y el oriundo de Tecpan cayó en el engaño.

Iturbide publica el “Plan de Iguala” el 21 de febrero de 1821, que establecía la Independencia con aceptación de la religión católica “sin tolerancia de ninguna otra” (por supuesto, se garantizaban las propiedades y el fuero del ejército y el clero).

Agustín de Iturbide espera hasta el día de su cumpleaños y el 27 de septiembre de 1821 entra triunfal a la Ciudad de México al frente del Ejercito de “las tres garantías” (religión, unión, independencia).

No hubo uniformes para los desarrapados que llevaban combatiendo más de diez años. Ni Guerrero, ni Bravo, ni Victoria, ni López Rayón forman parte de la Junta Provisional Gubernativa que legislaría mientras se formaba el Congreso Constituyente.

La junta la formaban 38 miembros de la aristocracia, Juan O’donojú, un obispo, dos canónigos, cinco eclesiásticos, cuatro marqueses, dos condes, doce ex funcionarios del virreinato, ocho militares realistas y tres grandes terratenientes.

La patria estaba entregada ahora a las mismas fuerzas por las que se deseó la Independencia naccional.