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Jaquelina Rodríguez Portada

Entre conservadores te veas

Luciérnaga vespertina

Juan Quiñones es un personaje ficticio de la literatura mexicana del siglo XIX. En su andar por la vida, a este personaje el destino lo llevó a la “Ciudad de los Palacios”. Ya instalado en su vivienda, una tarde lluviosa en esta polémica ciudad, en nostálgicos recuerdos evocó su terruño que había dejado no hace mucho, cuando ante el rugir del cielo y el cantar de la lluvia despierta a la realidad de su nueva vida, y ante los juicios sordos de quien entonces leía a Lucas Alamán, escucha culpar “al nuevo gobierno” de los malos olores e inundaciones de la urbe.

-Son las atarjeas -continuó el viejo- es decir, la alcantarilla de la calle. Es que la ciudad no tiene desagüe ni lo tiene el Valle de México tampoco, ni lo tendrá mientras la leperuza que se llama liberal esté dominando en el país. ¿Ya ve usted esa peste? Pues éstos tienen la culpa, porque no se acuerdan de las necesidades de la nación. Si yo fuera presidente un año, ¿sabe usted? ¡un año no más!, dejaba yo el Valle seco… (Rabasa: 14)

Juan Quiñones viajó hacia la “gran metrópoli” en busca de mejores oportunidades, de acuerdo con sus aspiraciones y necesidades no tardó en encontrar el que sería su nuevo oficio y modus viviendi: el periodismo. Juan Quiñones, alter ego de algunos conocidos personajes no ficticios de nuestra época, como los bien conocidos por sus engaños y montajes, por sus odios y resentimientos: Carlos Loret de Mola, Joaquín López Dóriga, la señora Carmen Aristegui, el payaso Brozo, Chumel Torres por mencionar sólo a algunos de nuestros coetáneos obreros de la comunicación, relata incrédulo que para tal oficio no es necesario saber escribir ni saber historia ni “tener los conocimientos necesarios para tratar los variados temas de un periódico”:

Llegué a México sin saber cómo vivir; encontré a un diputado paisano que me conocía, y de recomendación en recomendación llegué a colocarme en una imprenta como doblador y enfajillador del periódico La Columna del Estado. Ganaba yo apenas lo necesario para no morirme de hambre y pagar un rincón del Mesón del Tornito. Gané un poco de confianza, y un día noté que cuando faltaba material para La Columna y el jefe no estaba de humor para escribir, encomendaba este trabajo a un cajista, el cual lo despachaba pronto y bien, con media docena de párrafos. Me atreví yo también; el jefe vio mi empeño y buena voluntad, y pasado un mes, escribí yo la mitad de la gacetilla. Otro día escribí un artículo sobre lo sagrados que son los derechos del hombre, y el jefe me elevó otro poquito, señalándome tres pesos semanarios de sueldo. Ahora escribo yo casi todo el periódico, que es bimestral, y he llegado a alcanzar cinco pesos cada semana, con los cuales vivo yo descansadamente. (Rabasa: 24 y 25)

Juan Quiñones es el fiel retrato de la mediocridad periodística del siglo XXI representada por medios tradicionales que fueron sustentados por décadas por gobiernos fallidos y avalados por el poder que ejercen los medios de comunicación sobre la opinión pública. En la ficción literaria encontramos un asomo de la realidad, de la vigencia de algunas conductas humanas. Diría Aristóteles en su Poética, que el arte imita, y la literatura especialmente es una imitación de las conductas humanas.

En estas líneas encontrará querido lector, si su empeño y prejuicios se lo permiten, el ascenso de algunos que hoy en día se dicen periodistas, comunicadores y no son más que unos asesinos a sueldo de la verdad. Algunos de estos oportunistas y obreros de la comunicación se jactan de haber sido educados por la televisión, critican sin fundamento la escuela y promueven la necesidad de ser patiño antes que maestro, promueven los contenidos digitales como supremo conocimiento y saber.

Juan Quiñones en sus cavilaciones nocturnos se sincera y en ese asomo de honestidad que pudieran tener algunos decentes individuos nos dice:

…es una mentira gordísima y vergonzosa darse por escritor quien apenas puede ser escribiente… pero, sin embargo… estudiando, ya sería otra cosa: algo podría yo aprender y mucho lograría mejorar. Vamos a ver; en primer lugar, la gramática, aunque no fuera para entrar en polémica sobre asuntos gramaticales como decía Sabás; después, algo de Geografía e historia para no andarse con miedos al hablar de Prusia y de Turquía o de Felipe II y Juan sin Tierra; en seguida un poco o dos de economía política, de derecho natural y constitucional, y aun algo de buena retórica fina y pulidita, que en estudiándola bien, enseña primores para ser literato, no periodista. De todo esto, ¿qué sabe Carrasco? Nada, y sin embargo es periodista. (Rabasa: 30)

Qué líneas más acertadas se dijeron en el siglo XIX, qué vigentes son ahora cuando muchos se atreven a emitir no sólo opiniones sino juicios sobre el conflicto interno en un país del que desconocen su geografía e historia llamado Ucrania; cuando más de uno de los que se dicen periodistas y comunicadores inventan historias con el solo propósito de denostar decisiones y proyectos de un gobierno que no piensa igual que ellos, y los obligó a pagar impuestos condonados por aquellos gobiernos que patrocinaban ya no solamente periódicos sino estructuras más complejas como la televisión, la radio y las hoy llamadas redes sociales.

Juan Quiñones llegó a formar parte del tan conocido cuarto poder del Estado, la prensa:

Algunos publicistas habían creído que debía existir un poder municipal, pero esto resultó una tontería; y estudios más profundos, y la práctica, sobre todo, han venido a poner en claro que el poder único que puede y debe añadirse a los tres poderes sociales existentes y conocidos, es el de la prensa… El Congreso es representante de la voluntad del pueblo, ¿verdad?; pues la prensa lo es de la opinión pública. (Rabasa: 40 y 45)

Juan Quiños es el personaje de la novela decimonónica El cuarto poder del escritor chiapaneco Emilio Rabasa. No estropearé (spoilearé) el final de la historia, mejor, como en otras ocasiones invito a leer una narrativa vigente, dolorosa y divertida, en la que podrás encontrar los principios de medios y personajes de la falsa comunicación y pseudoperiodismo actuales.

Ten cuidado de opiniones gestadas en el conservadurismo de diarios como Reforma, Milenio, El Universal, Televisa, TV Azteca, de opiniones fundamentadas en el odio y resentimiento de pseudo comunicadores que hoy se hacen llamar influencers y youtubers como Chumel Torres entre otros. Seguramente el apellido Rabasa te suene familiar y lo asocies con traición. Emilio Rabasa Estebanell nació en Chiapas en 1856, sus padres fueron José Antonio Rabasa Soler, comerciante catalán y Manuela Estebanell de origen chiapaneco, asociados con la Compañía mercantil Estebanell que tuvo grandes intereses en Chiapas durante aquel siglo.

Parafraseando a Carlos Monsiváis, Emilio Rabasa Estebanell resultó ser el protagonista (víctima) de su propia ironía, Emilio Rabasa escritor y político fue un “porfiriano eminente”, en ideas actuales, un neoliberal de casta. La novela El cuarto poder forma parte de una tetralogía narrativa de polémica ideológica, sin embargo, el autor, Emilio Rabasa, puso ante sí un espejo y perfiló en la ficción su propia figura. El cuarto poder fue para el propio Rabasa su escudo, pues fundó en 1888 junto con Rafael Reyes Spíndola El Universal donde, según estudiosos del tema, favoreció el porfirismo.

Frustración póstuma de Emilio Rabasa. Escribió una novela contra el instinto popular y contra ideales e ideologías, y hoy es leído como un regocijado y piadoso costumbrista. Denigró a la bola y el término se convirtió en él sinónimo entrañable de la Revolución. Se divirtió a costa de la impostura y su solemne universo porfiriano es hoy la representación más exacta de la farsa. Quiso moralizar y fue leído frívolamente. Se propuso reivindicar a Díaz y su obra ensayística es tomada como un argumento en contra del dictador. Deseo ser un gran jurista y fue inevitablemente un bizantino del derecho.

Carlos Monsiváis

Bibliografía

Rabasa, E. (2018). El cuarto poder. México: Universo clásico.

Jaquelina Rodríguez Ibarra

Estudié literatura porque en los libros he aprendido a vivir. Por las mañanas dedico el tiempo impartiendo clases de literatura en la Prepa Vizcaínas y editando la revista Jardín de Letras que cada verano presenta los textos escritos por los jóvenes que gustan de las letras. Por las tardes edito la publicación digital Terciopelo Negro; también leo, escribo y sueño.

Colaboradora desde el 6 de agosto de 2021.

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