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De la tradición ancestral a los sueños, Natalia Toledo traza su cosmovisión lírica

+ La poeta y narradora juchiteca publica su libro de poemas “El dorso del Cangrejo”, en el que entona un canto de añoranza por su vida que queda en el pasado, con sus orígenes, sus aromas y los juegos

CIUDAD DE MÉXICO, agosto 23.- Que lo temporal se una a la duración, que dos estéticas encuentren una ruta y las tradiciones no se descarten, esto se congrega poéticamente en el libro de Natalia Toledo, “Deche bitoope/ El dorso del cangrejo”, edición bilingüe del sello Almadía.

El-dorso-del-cangrejo-23Antes de que la fuente de la lengua se llene de hojas secas, seguir haciendo que se escuche el  zapoteco en todo lo que entraña, es lo que página a página escuchamos desprenderse de un hablar desconocido frente al idioma  familiar. Sonidos que ilusionan al lector que a pesar de desconocer su pronunciación siente que llega a un continente poético con su propio canto de sirenas.

En la paradoja que enuncia el título de la primera parte del poemario, “El matriarcado según San Vicente”,  aparece la confrontación de los mundos: lo femenino delimitado desde lo masculino, atajada por la postura crítica de la poeta, que en rebeldía, ha brincado “el anillo de fuego” de la tradición.

En “La dote” el pueblo se regocija, salen los hombres a entregar los animales a la casa de la novia, “mientras caminan con la música, una flor marchita, espera en casa ajena/ para poder llorar su virginidad sobre un pañuelo blanco…/ Sus padres saltan de alegría, porque hoy en su corral los animales se han multiplicado”. El honor virginal ha de anestesiar el dolor conforme los sueños y los juegos con muñecas se pierdan para siempre, esa será la Tumba primera, que se adorna con tulipanes rojos.

El orden, sus medidas, el designio ancestral, se mueven en los poemas de Natalia Toledo como el cangrejo, nunca en línea recta, su avanzar es un zigzagueo, así se estructura su cosmovisión lírica. El eco de su pasado es un aroma que se entrevera en la palabra,  es la partícula de la que está hecha la memoria y la añoranza: Miro el arco de cempasúchil que atraviesa el cielo de mi huipil. El verso se vuelve una esfera que contiene su universo, el tejido convierte el color explosivo en significados, en sentidos místicos y sagrados, que integran la tradición, pero la poeta agrega “tengo una barca en mis ojos”, esa embarcación que la aleja, ancla y agua, quedarse y navegar, una permanencia imposible una vuelta ansiada que tiene enfrente un puente quebrado.

La presencia constante en “El dorso del cangrejo” es el largo dolor de lo inalcanzable que está rozando las puntas de los dedos, El aroma del viento dulce cesó en mi casa/ sólo queda un horno de barro lleno de lama,/ su fuego ya no muerde/ la boca del olvido está oxidada./ sobre una piedra me sentaré a extrañar/ todo lo que aquí no pude querer.

Retornar es volver  a la mesa sin migajas, con cuánta dulzura se ha acunado la promesa del regreso,  pero acaso volver es imposible.

Poesía de lluvia y de estrellas, de temblor de ombligo de la luna, de polvo y grieta. La dureza del caparazón del cangrejo protege la delicadeza del interior. La poeta ilumina la zona del amor y su tristeza, la separación que es el cesar de la música, el apagarse de estrellas, a pesar de que “metí la cabeza en el tenate para que no me olvidaran”.

Como palabra-poder, define el zapoteco a la poesía, poder que rescata nombrando, de ahí la importancia de seguir la sabiduría de aquella vieja que le cantaba de niña “ponle nombre a tu tristeza/ para  conocer el rostro de lo que añoras/ para hablar de melancolía”.

Suspiro cósmico que cabe en las volteretas de una enagua, entronque de los sueños, de lo místico y de la identidad. Una mirada femenina que se arranca y hace las paces con su cultura que vibra en el largo poema que da título al libro. Hay que buscarla   en el conjuro “sé cómo quitar la tristeza/ la obsesión, sé quitar el miedo”, en el recuento  “mi éxodo empezó a los ocho años/ donde yo vivía no era yermo/ había comunidad, cohetes y su estremecimiento/ había libertad que no es más que creer en los otros” y que es  “el clic de un ojo que se abre para arrancar un trozo de algo”.

Natalia Toledo nació en Juchitán, Oaxaca en 1967. Escribe en zapoteco y en español. Es egresada de la Escuela de la Sociedad General de Escritores Mexicanos y fue becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (1994-1995 y 2001-2002) y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Oaxaca (1995-1996). Ha publicado, en ediciones bilingües zapoteco-español, y con ilustraciones de Francisco Toledo, los cuentos El niño que no tuvo cama (Ba’du’ qui ñapa luuna’), 2013, El conejo y el coyote (Dxiida’ xti’ lexu ne geu’ 2008, traducido al inglés y al maya) y La muerte pies ligeros (Guendaguti ñee sisi, 2005, traducido al mixteco, al chinanteco y al mixe). Asimismo es autora de los poemarios Olivo negro, (2005), que obtuvo el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas 2004 y que se tradujo al inglés con el título The black flower & Other Zapotec PoemsFlor de pantano. Antología personal (2004), Mujeres de sol, mujeres de oro (2002) traducido al francés bajo el título Femmes d´Or y Paraíso y fisuras (1992). Desde 2008 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Natalia Toledo, “Deche bitoope/ El dorso del Cangrejo”. Almadía. Ilustraciones: Dr. Lakra. México, 2016. pp.117.

 

 

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